Algo más que palabras

Algo más que palabras,desde España: Hay que impedir que el mundo de los desamparados crezca

Algo más que palabras,desde España: Hay que impedir que el mundo de los desamparados crezca

    Las tragedias se han vuelto cotidianas en nuestro diario de vida. Multitud de personas migrantes mueren totalmente rechazadas. El drama migratorio se ha convertido en un episodio verdaderamente cruel. Para muchos seres humanos la desesperación es tan fuerte, que no importa levantar muros y alambradas, cualquier espacio abierto a la esperanza, ya sea por mar, aire o tierra, les hace emprender una difícil aventura, arriesgando hasta su propia vida. Les da igual morir, huyen descorazonadamente en busca de otro horizonte más compasivo que no siempre encuentran, porque realmente esta conciencia de mundo aún no se ha instalado en la cultura humana. Por consiguiente, las restricciones de frontera a esa movilidad innata, tienen poco sentido en un planeta globalizado. A mi juicio, tampoco se trata de poner cuotas a las olas migratorias, cada vez más frecuentes y complejas, sino de abrirse a su asistencia y de colaborar, unos y otros, a que deje de producirse el aislamiento. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a sobreponernos a la adversidad y de tener una vida mejor. De ahí la importancia de impedir que el mundo de los desamparados crezca, deambulen por las calles sin una mano tendida, porque naturalmente no son las divisiones las que ponen en peligro la convivencia, sino las legiones de marginados totalmente en abandono, los que pueden dar al traste con la institucionalidad democrática, si sus necesidades mínimas no son atendidas.

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Algo más que palabras, desde España: La luz de los derechos humanos

     A veces es bueno retornar a las raíces y a los motivos, a las realidades vividas por la naturaleza humana y a la historia de los sentimientos, para ver con otros ojos la perspectiva del tiempo, lo que hubiera sido evitable, lo que sucedió inevitablemente, y lo que puede volver a suceder. La vida, que es un permanente espacio de sorpresas, con unos moradores en continuo movimiento, nos imprime en ocasiones unos contrastes que nos dejan sin palabras. Por eso, pienso que es muy saludable prestar atención y poder decir por igual, poder visionar horizontes unos junto a otros, y asimilar relaciones uno con todos y todos con uno. Al fin y al cabo, existimos para convivir, y el diálogo es el gran instrumento a utilizar. Ciertamente, la convivencia aún es la gran asignatura pendiente de la ciudadanía, en parte por un mal uso de los deberes y de los derechos, por la irresponsabilidad propia del ciudadano, que no piensa y se deja llevar por el instinto.

    El verdadero ser humano que busca, crece aprendiendo, y llega a descubrir que somos los principales garantes de lo que pasa por el planeta. No tenemos excusas. Somos la memoria que recogemos y el compromiso que tomamos. Y en esta vida, la primera obligación es la de entenderse y atenderse, mal que nos pese. No es un compromiso  más, que conlleve una tarea extraordinaria, es una oportunidad para penetrar en la felicidad de uno, sintiendo el bienestar de los demás. Naturalmente, todos tenemos el deber, y también el derecho, a ser felices. Aunque el querer dicen que lo es todo en la vida, en ocasiones, hay voluntades que nos trastocan hasta el mismo concepto de la persona humana. Motivados por estos errores inhumanos, causantes de tanto horror y miseria, Naciones Unidas, a través de su Asamblea General, proclamó el diez de diciembre como día de los derechos humanos en 1950. Fue un gran paso, y a la vez una gran pasión, intentar que todas las voces puedan oírse, y tras su escucha, poder al menos compadecerse y buscar liberación.

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Algo más que palabras, desde España: Una buena estrella es un corazón abierto

Tras las huellas de los Magos de Oriente, seguimos buscando la luz. Necesitamos reencontrar el camino de la eternidad. No podemos ceder al desaliento. Somos ciudadanos en camino. Vivimos en el camino. Somos hijos del camino. Los anhelos del corazón son tan fuertes que nos trascienden a horizontes de justicia y paz. Sólo hay que dejarse elevar con las alas del entusiasmo. El alma no puede arrugarse, debemos rejuvenecer cada año, aspirar a lo más níveo, mantener el espíritu de niño, sostener la esperanza como compañía y edificar mediante el esfuerzo otro mundo más habitable. Se trata de construir el futuro que nos pertenece y de cimentar la mística de la donación. Tenemos que darnos mucho más. No hay héroes en la soledad, las acciones son conjuntas. Sólo con la unión se vencen los ocasos. También, únicamente desde la unidad, se abren de par en par las puertas interiores del ser humano. Necesitamos querer y sentirnos queridos, transformarnos por el encuentro, caminar más allá de nuestro propio yo, detenernos y poder asombrarnos, con ojos nuevos, de tanta belleza sembrada por los senderos del mundo.
    Somos parte de la luz en permanente búsqueda. Imagen de esta indagación son los Magos de Oriente, guiados por la estrella hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Para ellos, la luz de Dios se ha hecho senda en sus vidas, de manera apasionada y apasionante hacen el camino, se dejan guiar y se habitúan a su esplendor, y la experiencia interior no puede ser más entusiasta. En consecuencia, pienso que es necesario retornar a esas raíces luminosas de la fraternidad para comprender el momento presente. No olvidemos que la luz del rostro de ese Niño Dios nos ilumina a través del rostro del hermano. Cuando se oscurece esta realidad, todo se manipula y se pervierte, y surgen las luchas, contrarias al espíritu de un corazón inocente que es por naturaleza verdadero amor. De ahí, la importancia de mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino e infundir esperanza por doquier. Desde luego, nunca será tarde para buscar un mundo más humano, si en el empeño ponemos coraje e ilusión.

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Algo más que palabras, desde España: Embellecer la vida y no llenarla de guerras

Víctor Corcoba Herrero.    Es hora de embellecer la vida con existencias más humanas. Diríamos que es la gran asignatura pendiente. Pienso que tenemos que buscar la manera de actuar coherentemente. Sabemos que el odio es un mal terrible y, por desgracia, lo cultivamos hasta para competir. Los mismos programas educativos propician el éxito individual en lugar de la solidaridad. Igual sucede con una cultura arraigada al malestar y a la incertidumbre. Multitud de posiciones son absurdas. Por ejemplo, que un mal se bombardee con otro mal. Todos estos desajustes, dividen y además provocan miedo. Por innato principio, estamos obligados a hacer el bien; no hacerlo ya es por sí mismo, un mal muy grande. Es cierto que vivimos tiempos que generan una gran confusión, en parte porque la educación impartida mueve la maldad como defensa y hasta la justifica a veces, en lugar de instruirnos en la convivencia, en el valor moral y en el juicio recto, para poder sacar lo mejor de nosotros ante el aluvión de contratiempos, unas veces inventados por nuestra propia necedad y otros injertados al camino porque sí.
    Todo tiene su punto positivo y también su contrariedad, depende de lo que el ser humano practique. Aún no hemos descubierto la vía de la coherencia y del consenso, del entendimiento y la persuasión. No se trata de hostigarnos unos a otros sin más, sino de resolver los problemas bajo la receta del diálogo. Está visto que el mundo tiene necesidad de maestros de vida, capaces de trasladar otros abecedarios más próximos con el prójimo, que nos hagan reflexionar sobre lo esencial y lo accesorio,  puesto que todo está como muy adulterado, lo que genera una gran confusión. En cualquier caso, responder con el ruido de las armas para frenar los conflictos, lo que hace es encender la indignación y aumentar el horror. Como advirtió Cicerón en su época, yo también preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras. No tiene justificación una contienda entre hermanos. Al final todo se destruye y nada se respeta. Lo único que puede levantarse son las venganzas.

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Algo más que palabras,desde España

Ríos de lágrimas por doquier rincón del planeta

    Cada día van más crecidos los ríos de lágrimas por el mundo. Confieso que estos desconsuelos me amargan y que no me dejan ver consuelo alguno. Sus desbordantes caudales de amargura, aparte de ponerme triste, me transmiten dolor y pena. Algo no funciona. Llevamos sobre la espalda una preocupante crisis de derechos humanos. Nada se soluciona con el uso excesivo de la fuerza. Ya lo sabíamos, pero seguimos tropezando en la misma piedra una y otra vez. Se precisa más contención y más diálogo, más respeto y menos poderes arbitrarios.  También lo habremos escrito mil veces. A mi juicio, es significativa la falta de autoridad de la comunidad internacional ante tantos chantajes y matanzas. No puede permitirse que la sangre de los débiles, que la opresión y la tortura, se practique impunemente. Hay que frenar estos desórdenes como sea. La cultura del sufrimiento (tan en boga hoy para desgracia de la humanidad), de sobrevivir en la clandestinidad, de permanecer ocultos en las adversidades, ejercida sistemáticamente por la autoridad como instrumento de dominio y atropello político, debe cesar cuanto antes. Esta imagen cruel que nos acorrala resulta verdaderamente inquietante.

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